Nunca he tenido la sensación de que mi dedicación al arte estuviera
impresa en mi programa genético. No soy artista vocacional, ni dotado. Soy
artista por voluntad, soy artista por decisión, por emperre en convertirme en
alguien con cierta idea de riesgo, en alguien radicalmente inútil,
convencido de que no hay que resistirse a hacer el ridículo: dispuesto a
morir con las botas puestas. Me refiero a mi papel social.
Yo quería ser nada. En realidad, yo no quería ser. Pero puesto que estaba
ahí, presintiendo de algún modo al Thomas Bernhard que tanto me
acompañaría muchos años más tarde, ya siendo niño opté por tomar la
dirección contraria. “De la oposición, gane quien gane”, resumiría,
pragmática, mi madre.
Puestos a ser, ser nada. Puestos a estar, con las estrellas. Ser star.
Mi carácter melancólico, esponja esclerótica empapada de tristezas y
desapegos, se desorientaba, perplejo, entre una malsana atracción por la
soledad y una picante afición al peligro, a aquel “¿Quién dijo miedo,
muchachos?”, que me legó mi abuelo materno.
Por razones familiares, visitaba con frecuencia un par de estudios de
pintura de caballete. Todo era seductor. Las vidrieras emplomadas filtrando
la luz, particularmente impresionantes las cenitales, las pesadas cortinas de
terciopelo, un tanto deslucidas, que matizaban esa luz y remataban los
artesonados grandilocuentes, la palpitación del color, la ausencia de las
modelos que yo sabía habían estado ahí y el vaporoso mareo al que me
abandonaba, posiblemente debido al “colocón” de óleos, barnices y
trementinas. La estética de atelier era, sin duda alguna, el escenario ideal
para el futuro de mi soledad.
Había cumplido apenas siete años. En un vano intento de perseguir los
fantasmas que anidaban en la oscuridad, me rendí a la evidencia del
despertar cotidiano sin poder convertirme en mi sombra y me dispuse a
cultivar otras ilusiones. Ya que la vida parecía no tener remedio, apostaría
por vivir no una, sino varias vidas. En una atractiva y callada trashumancia
gatuna, me pasearía por un montón de escenarios interpretando los matices
del papel más adecuado, en cada momento, a mi desidioso estado de ánimo.
Romántico por individualista, excéntrico por exagerado, dandy por
impertinente.
Aprendí a ver y me olvidé de imaginar. Por temor, más que por osadía,
elegía el disfraz oportuno para representar mejor el papel que cada
situación exigiera. Con mi rostro casi desconocido, como una calcomanía,
aplastado en la cuneta, “representaba” con una de las mitades de la
máscara.
Acérrimo detractor de vivir, infatigable y perseverante en la tarea de
intentar entender el mundo, ya que no de compartirlo, me propuse
arriesgarme y dedicarme a lo inútil, a disfrazar la vida de pasatiempo.
Frente a la idea inculcada de un futuro porvenir endomingado y
trascendental la única salida consistía en no entender la existencia como un
camino hacia una meta. Me atrevería a abandonar el tedio y la monotonía,
el confortable aburrimiento de un porvenir que promete. Me bastaría
“echar el rato”, recreándome en fijar pequeños detalles y afilando
diferencias, ansiando timar, con esa salida de pie de banco, la estafa
irremediable de la vida.
Evitar la perfección para la que se me intentaba preparar. Escapar a través
del arte; contrariando a mis mayores. Ser artista como coartada, como
excusa para superar la timidez, hacer lo incorrecto, decir barbaridades y
cometer imprudencias. Para hacer el ridículo sin tapujos, sin tener que
encapotar mi desamparo, mis angustias, mis terrores, mi ignorancia, con el
ceremonioso rictus de la inmutabilidad. Ansiaba la celebridad como forma
de destrozar el envoltorio de falsa modestia, la mezquina naturalidad y la
aplastante mediocridad del rancio entorno que me rodeaba. Un entorno
impregnado de olor a curas, militares, funcionarios, tenderos y burgueses
confabulados con el dictador, que ofendía cualquier forma de sensibilidad.
Pretendía, descarado, retratar las fantasías autobiográficas de todo el
mundo. Afrontar con ironía las malas jugadas y anticipar, con sorna, lo
irremediable. Más allá de ese improbable ser stars, los seres humanos me
proporcionaban poco material sensible. No resultaban excitantes ni para
mis ensoñaciones, ni para mis pupilas. Me parecían irremediablemente
obtusos y opacos. Los objetos, como los animales, parecían más amables,
más dialogantes, en suma, mucho más “personas”. Pero incluso los
animales eran, con frecuencia, demasiado humanos. Me concentré en los
objetos. Me fijé inicialmente en los objetos más artificiosos, los más
atractivos, los más sorprendentes, los más inútiles. Y en ese desequilibrio,
conseguí convertirme en vidente de las historias mudas que esos objetos
supuraban.
Me construí como artista. Artista y funambulista, en la cuerda floja,
manteniendo la independencia ante una “afición” y ante un mercado que,
por otra parte, poco se han fijado en mí; no me consideran un profesional.
Y, a decir verdad, no se equivocan, pues siempre he rechazado que la
dedicación al arte sea concebida como (mi) profesión. Mi dedicación al arte
obedece a un intento de supervivencia social y emocional. Porque como
artista intencionado soy un artista convencido de que el arte es evitable, de
que no sirve para nada o, como mucho, para hacernos compañía en la
desolación. Como puede acompañarnos, sin mayores pretensiones, esa
manera de coleccionar sin catalogar que no consiste en rellenar casillas,
sino en acumular, con codicia obsesiva, retazos de pasado, con o sin
pedigree, para “apaziguar” ansiedades nostálgicas.
Mi trabajo es el de un amateur con alma de boxeador, pero con los pies mal
asentados y guantazo nada demoledor. Un artista con matices fuera de
registro, que ha preferido apuntar antes que disparar y que ha buscado el
grito en la más inesperada onomatopeya, no en la más desgarrada. Un
artista intimista. No un artista para-político. Un artista ligero, que no volátil
o insustancial. ¿Autista?
Sólo me doy cuenta del presente cuando ha pasado, o sea, cuando es
pasado. El hecho de no madurar a tiempo me ha permitido envejecer
atrasando el desengaño. Romántico atacado de descreimiento absoluto, el
arte es finalmente, sobre todo, mi espacio de resistencia. El espacio de la
autenticidad del artificio, del engaño, del desliz, de lo ilusorio, de la
simulación, de lo intersticial, de lo larvado y de lo enquistado en lo
intersticial. Ese espacio, abierto o cerrado, en el que puesto que no puedo
dejar de ser, casi consigo ser nada.
En el fondo, quizás ni siquiera quería ser artista.
Carlos Pazos
París, enero 2006