el tiempo orgánico Se escribe con luz y agua
Manel Esclusa da luz a un nuevo concepto de humus. El ennegrecimiento del humus
(parte de la materia orgánica de un suelo) provocado por la acumulación de carbono
después de la descomposición de restos orgánicos –hongos y bacterias– se transforma en
el jardí d’humus en un festival de vivos colores y de inéditos cromatismos. Fucsias,
turquesas, azules electrizantes, rojos sanguíneos, verdes ufanos, morados silvestres...
Si el humus aparece, fundamentalmente, en las capas superiores de los perfiles de los
suelos con actividad orgánica, el jardí d’humus nace en un espacio –el estudio-tallerjardín
del fotógrafo– en actividad creativa continua. Ergo, creación es organicidad en
tanto en cuanto la medida que obra es cruce tiempo-espacio, inclemencias del azarnaturaleza
controlada. En consecuencia, el jardí d’humus de Esclusa abandona la
estabilidad del humus y sigue descomponiéndose y transformándose considerablemente.
Para los románticos –y más adelante para los modernistas–, la naturaleza era orgánica,
salvaje, porque crecía y crecía hasta ser superior al hombre, intimidatoria, dominante.
Para los novecentistas, en cambio, a imitación de los neoclásicos ilustrados el jardín era el
locus amoenus controlado y (de)limitado por la mano del hombre, el cual desea tener
fragmentos naturales en medio de la ciudad. Posiblemente para respirar.
Manel Esclusa no sólo hace el amor con la naturaleza y engendra una criatura común,
sino que aprende de ella sus mecanismos y le confía su creación. En la tierra, el ataque de
los microorganismos subministra y acelera la formación del humus, el cual, con el paso
de los años, lentamente se transformará en toda clase de beneficiosos minerales. El jardí
d’humus, a su vez, es fruto de la acometida esclusiana ayudado, únicamente, por la
fuerza de la naturaleza, en esta ocasión, el agua, y ofrece –y ofrecerá con los años a
venir– una serie de beneficios para el espíritu contemplativo de los privilegiados que
quieran acararse con él.
La descomposición del humus libera nitrógeno y sustancias biológicamente nutrientes: la
creación de el jardí d’humus libera la imaginación y aporta dosis notables de fantasía y
de sueño poético. Ya lo dice el diccionario: “Bajo condiciones anaeróbicas se forman los
humus del tipo Anmoor”. Que el observador deduzca la metáfora.
El jardí d’humus germina dentro de la mirada azul del fotógrafo en dos direcciones, y, al
mismo tiempo, retoña en decenas de ramillas que se encabalgan las unas con las otras
hasta forjar el jardín, la poética. Primero, el hombre toma conciencia del accidente.
Segundo, el artista reflexiona sobre el proceso creativo. Hombre y artista tienen dos
cerebros, uno cada uno. Y cada uno de estos cerebros, que a su vez son miradas y
especulaciones imbricadas, se esparcen en otros ejes neuronales que completan,
articulados, la serie de fotografías de el jardí d’humus.
Con la inspiración del hada de alas azules que habita dentro de su cámara, Esclusa se
planteó un concepto inicial, el punto de partida de la máquina creativa que muy pronto
se fraguaría en forma de proyecto: el azar. Hijo de la vanguardias europeas más
revolucionarias [estructuralismo ruso (Rodchenko), Bauhaus (Moholy-Nagy), los
surrealistas (Man Ray)], el fotógrafo no relacionó el azar –destructivo– con un hecho
negativo; sino todo lo contrario, pensó que la destrucción es el origen de la construcción.
El artista tiene que utilizar las herramientas que le permiten ampliar la visión. El arte
natural es sobrenatural y a la vez dinámico (Rodchenko) y la fotografía va más allá de la
mera descripción horizontal del paisaje. La fotografía es, para Esclusa, una fiesta de
formas oblicuas, de texturas impresionistas, puntillistas, de una serie de referencias
pictóricas que da la naturaleza, no premeditada. La base, en consecuencia, la diapositiva,
es una acuarela: Esclusa diseña y escribe las fotografías con luz, pigmentos y agua.
Una sola fotografía es destruida por el azar de una inundación que anega el estudi0: es
precisamente esta imagen la que servirá de patrón para modelar el resto de su serie de el
jardí d’humus. Este fenómeno de selección natural se enlazará, inevitablemente en la
mente poética de un artista de la talla de Manel Esclusa, con una selección cultural. Y ya
se sabe que quien busca la verdad, tiene el peligro de encontrarla. Previamente al
descubrimiento, el fotógrafo busca todas las posibilidades, sospechas y intuiciones que
el accidente le ofrecía, y una vez constató que una de las posibilidades funcionaba –el
infortunio se transmudaba en arte–, Esclusa se acerca a la verdad. Para conseguirla,
selecciona un mecanismo artístico y científico: la analogía, y nos vierte a un mundo
líquido, de textura pigmentada y de sabroso collage.
Si la formación del humus tiene lugar a raíz de la humidificación de los restos orgánicos
del suelo, las fotografías de el jardí d’humus surgen de una emulsión fotográfica expuesta
a la humedad durante algún tiempo. Los hongos, en esta ocasión, afectan a los colorantes.
Con la añadidura del agua y la solubilidad de la gelatina, la imagen se descompone, se
modifica, se disuelve, asume el misterio que habita en la naturaleza. ¿Se ataca a sí misma,
la naturaleza? ¿Es el hombre, quien la estropea? El experimento de Manel Esclusa con
los juegos ópticos y la geometría provoca en el espectador un curioso estado de alerta, de
inquietud, de no saber si estamos en un mundo real o en el anhelo de las apariencias, de la
fantasía de los colores saturados, colores puros al límite del color. La máxima explosión.
“Si hay un problema, debe resolverse y hallar la solución”, dice el lema de la filosofía
oriental implícita en el pensamiento artístico esclusiano. Es entonces cuando interviene la
selección cultural antes mencionada: la alteración germinal que ha transformado
completamente la obra convierte cada fotografía en una imagen única e irrepetible (no es
la mano del hombre quien crea los diseños). La fotocopia resulta imposible, un callejón
sin salida: no podemos copiar la génesis, la semilla del universo, el principal compuesto
de nuestro planeta. Dicho con otras palabras: ya no es únicamente la mano del artista la
que ha creado al objeto, sino que también –y en una cita a ciegas organizada por el azar–
han intervenido las manos todopoderosas de la naturaleza y del tiempo. Estas segundas
manos inaccesibles han ido engullendo la materia física de la superficie fotográfica para
dar paso a una imagen diferente.
El fenómeno primigenio, el proceso de destrucción, de descomposición y de
transformación de la emulsión resulta, en el jardín del fotógrafo, un proceso de
manipulación controlado del cultivo, dando paso a una germinación operada por el
creador. Si la degradación del soporte fotográfico había tenido lugar por motivos
puramente naturales, el cerebro del fotógrafo decide someter a las imágenes a recursos
técnicos y formales –léase artísticos– procedentes de otras áreas creativas periféricas,
sobre todo, científicas. El dominio del medio por parte de Esclusa lo lleva a establecer
interesantísimas relaciones con las nuevas tecnologías, en este caso, del campo de la
ciencia.
Esclusa conoce con creces la importancia de la dificultad como herramienta para acceder
al conocimiento global del mundo, del ritmo múltiplo y diverso del macrocosmos que nos
marca las directrices y nos organiza las estructuras. Lo que interesa en cualquier proceso
de creación esclusiana es la investigación, la complejidad del arte. En este sentido, Manel
Esclusa realiza una fotografía de ideas, de conceptos, de conocimiento. El jardí d’humus
no es stricto senso un conjunto de fotografías de paisajes curiosos. Existen simbolismos
y metáforas que no pueden pasar por alto. El agua, por ejemplo, ha sido,
tradicionalmente, un elemento purificador, pasivo y de disolución. Aquí hace la
metamorfosis en un artífice activo, activísimo, del proyecto. Esclusa, en consecuencia,
dota de un nuevo significado (expresión) a un significante altamente manido
(comunicación). Supera el tópico, por lo tanto, y amplia horizontes semánticos: fabrica
una nueva lectura visual para obtener un producto original que ordene el cúmulo de
lugares comunes con los que nos engordan los pseudo-artistas.
El paisaje artificial (la naturaleza ordenada y dominada) plantea el diálogo entre el
consciente y el inconsciente y, a su vez, desencadena una reflexión que remite de nuevo a
la complejidad de los procesos de creación. Transformar algo implica un renacimiento,
una nueva vida. La mutación es el único cambio que existe, según el I Ching, y en esta
serie de el jardí d’humus, la metamorfosis no sólo no ha afectado a la belleza de la
materia primera, el paisaje, sino que le ha otorgado un matiz salvaje y romántico que
trastorna en tanto en cuanto plantea el tumulto, el desorden, el desconcierto con el que
ha empezado el proyecto. Esclusa ha traducido a la naturaleza y ha obtenido de ella otra
naturaleza, escrita con versos diferentes, con estilo propio, con lenguaje fotográfico, pero
con una esencia común con la naturaleza madre o con la madre naturaleza.
Las fotografías de el jardí d’humus son de gran formato. Para el autor, la naturaleza tiene
una fuerza superior y es un libro de sabiduría. El sistema de impresión Giclée, con
utilización de tintas de pigmentos naturales garantizan una durabilidad de las imágenes de
un centenar de años, aproximadamente. El papel 100% de algodón natural permite el
encaje de dos conceptos: la forma y el contenido. Naturaleza, naturaleza y más
naturaleza que, al fin y al cabo, retorna a su estado salvaje, al no seguir un orden
concreto, sólo apareciendo (por un motivo más estético que ético), imagen por imagen,
numerada con estructura romana. Los números romanos interesan a Esclusa por su
complejidad, estética y visual, porque a partir de un cierto número, se enciende la
combinatoria. El orden, en definitiva, es aleatorio en cuanto todas las imágenes de el jardí
d’humus se complementen las unas con las otras para obtener una sola instantánea:
probablemente la fotografía que sirvió como patrón y que el fotógrafo reserva, como una
fórmula mágica, en su secreter.
Dos tipos de fotografías: las magmáticas, con capas superpuestas de conocimientos y de
técnicas, y las explosivas, fruto del instinto y del instante creativo. El orden y el caos,
las dos teorías de la creación del mundo. El jardí d’humus no es solamente una colección
de fotografías de paisaje alteradas por el paso del tiempo o por la fuerza del agua. Es, a
mi entender, la transubstanciación visual de lo inefable. Que así sea.
ANNA CARRERAS