manel esclusa

 

el jardí d’humus

Del 17 de diciembre al 21 de febrero


el tiempo orgánico Se escribe con luz y agua

Manel Esclusa da luz a un nuevo concepto de humus. El ennegrecimiento del humus (parte de la materia orgánica de un suelo) provocado por la acumulación de carbono después de la descomposición de restos orgánicos –hongos y bacterias– se transforma en el jardí d’humus en un festival de vivos colores y de inéditos cromatismos. Fucsias, turquesas, azules electrizantes, rojos sanguíneos, verdes ufanos, morados silvestres... Si el humus aparece, fundamentalmente, en las capas superiores de los perfiles de los suelos con actividad orgánica, el jardí d’humus nace en un espacio –el estudio-tallerjardín del fotógrafo– en actividad creativa continua. Ergo, creación es organicidad en tanto en cuanto la medida que obra es cruce tiempo-espacio, inclemencias del azarnaturaleza controlada. En consecuencia, el jardí d’humus de Esclusa abandona la estabilidad del humus y sigue descomponiéndose y transformándose considerablemente.

Para los románticos –y más adelante para los modernistas–, la naturaleza era orgánica, salvaje, porque crecía y crecía hasta ser superior al hombre, intimidatoria, dominante. Para los novecentistas, en cambio, a imitación de los neoclásicos ilustrados el jardín era el locus amoenus controlado y (de)limitado por la mano del hombre, el cual desea tener fragmentos naturales en medio de la ciudad. Posiblemente para respirar.

Manel Esclusa no sólo hace el amor con la naturaleza y engendra una criatura común, sino que aprende de ella sus mecanismos y le confía su creación. En la tierra, el ataque de los microorganismos subministra y acelera la formación del humus, el cual, con el paso de los años, lentamente se transformará en toda clase de beneficiosos minerales. El jardí d’humus, a su vez, es fruto de la acometida esclusiana ayudado, únicamente, por la fuerza de la naturaleza, en esta ocasión, el agua, y ofrece –y ofrecerá con los años a venir– una serie de beneficios para el espíritu contemplativo de los privilegiados que quieran acararse con él. La descomposición del humus libera nitrógeno y sustancias biológicamente nutrientes: la creación de el jardí d’humus libera la imaginación y aporta dosis notables de fantasía y de sueño poético. Ya lo dice el diccionario: “Bajo condiciones anaeróbicas se forman los humus del tipo Anmoor”. Que el observador deduzca la metáfora.

El jardí d’humus germina dentro de la mirada azul del fotógrafo en dos direcciones, y, al mismo tiempo, retoña en decenas de ramillas que se encabalgan las unas con las otras hasta forjar el jardín, la poética. Primero, el hombre toma conciencia del accidente. Segundo, el artista reflexiona sobre el proceso creativo. Hombre y artista tienen dos cerebros, uno cada uno. Y cada uno de estos cerebros, que a su vez son miradas y especulaciones imbricadas, se esparcen en otros ejes neuronales que completan, articulados, la serie de fotografías de el jardí d’humus.

Con la inspiración del hada de alas azules que habita dentro de su cámara, Esclusa se planteó un concepto inicial, el punto de partida de la máquina creativa que muy pronto se fraguaría en forma de proyecto: el azar. Hijo de la vanguardias europeas más revolucionarias [estructuralismo ruso (Rodchenko), Bauhaus (Moholy-Nagy), los surrealistas (Man Ray)], el fotógrafo no relacionó el azar –destructivo– con un hecho negativo; sino todo lo contrario, pensó que la destrucción es el origen de la construcción.

El artista tiene que utilizar las herramientas que le permiten ampliar la visión. El arte natural es sobrenatural y a la vez dinámico (Rodchenko) y la fotografía va más allá de la mera descripción horizontal del paisaje. La fotografía es, para Esclusa, una fiesta de formas oblicuas, de texturas impresionistas, puntillistas, de una serie de referencias pictóricas que da la naturaleza, no premeditada. La base, en consecuencia, la diapositiva, es una acuarela: Esclusa diseña y escribe las fotografías con luz, pigmentos y agua. Una sola fotografía es destruida por el azar de una inundación que anega el estudi0: es precisamente esta imagen la que servirá de patrón para modelar el resto de su serie de el jardí d’humus. Este fenómeno de selección natural se enlazará, inevitablemente en la mente poética de un artista de la talla de Manel Esclusa, con una selección cultural. Y ya se sabe que quien busca la verdad, tiene el peligro de encontrarla. Previamente al descubrimiento, el fotógrafo busca todas las posibilidades, sospechas y intuiciones que el accidente le ofrecía, y una vez constató que una de las posibilidades funcionaba –el infortunio se transmudaba en arte–, Esclusa se acerca a la verdad. Para conseguirla, selecciona un mecanismo artístico y científico: la analogía, y nos vierte a un mundo líquido, de textura pigmentada y de sabroso collage.

Si la formación del humus tiene lugar a raíz de la humidificación de los restos orgánicos del suelo, las fotografías de el jardí d’humus surgen de una emulsión fotográfica expuesta a la humedad durante algún tiempo. Los hongos, en esta ocasión, afectan a los colorantes. Con la añadidura del agua y la solubilidad de la gelatina, la imagen se descompone, se modifica, se disuelve, asume el misterio que habita en la naturaleza. ¿Se ataca a sí misma, la naturaleza? ¿Es el hombre, quien la estropea? El experimento de Manel Esclusa con los juegos ópticos y la geometría provoca en el espectador un curioso estado de alerta, de inquietud, de no saber si estamos en un mundo real o en el anhelo de las apariencias, de la fantasía de los colores saturados, colores puros al límite del color. La máxima explosión.

“Si hay un problema, debe resolverse y hallar la solución”, dice el lema de la filosofía oriental implícita en el pensamiento artístico esclusiano. Es entonces cuando interviene la selección cultural antes mencionada: la alteración germinal que ha transformado completamente la obra convierte cada fotografía en una imagen única e irrepetible (no es la mano del hombre quien crea los diseños). La fotocopia resulta imposible, un callejón sin salida: no podemos copiar la génesis, la semilla del universo, el principal compuesto de nuestro planeta. Dicho con otras palabras: ya no es únicamente la mano del artista la que ha creado al objeto, sino que también –y en una cita a ciegas organizada por el azar– han intervenido las manos todopoderosas de la naturaleza y del tiempo. Estas segundas manos inaccesibles han ido engullendo la materia física de la superficie fotográfica para dar paso a una imagen diferente.

El fenómeno primigenio, el proceso de destrucción, de descomposición y de transformación de la emulsión resulta, en el jardín del fotógrafo, un proceso de manipulación controlado del cultivo, dando paso a una germinación operada por el creador. Si la degradación del soporte fotográfico había tenido lugar por motivos puramente naturales, el cerebro del fotógrafo decide someter a las imágenes a recursos técnicos y formales –léase artísticos– procedentes de otras áreas creativas periféricas, sobre todo, científicas. El dominio del medio por parte de Esclusa lo lleva a establecer interesantísimas relaciones con las nuevas tecnologías, en este caso, del campo de la ciencia.

Esclusa conoce con creces la importancia de la dificultad como herramienta para acceder al conocimiento global del mundo, del ritmo múltiplo y diverso del macrocosmos que nos marca las directrices y nos organiza las estructuras. Lo que interesa en cualquier proceso de creación esclusiana es la investigación, la complejidad del arte. En este sentido, Manel Esclusa realiza una fotografía de ideas, de conceptos, de conocimiento. El jardí d’humus no es stricto senso un conjunto de fotografías de paisajes curiosos. Existen simbolismos y metáforas que no pueden pasar por alto. El agua, por ejemplo, ha sido, tradicionalmente, un elemento purificador, pasivo y de disolución. Aquí hace la metamorfosis en un artífice activo, activísimo, del proyecto. Esclusa, en consecuencia, dota de un nuevo significado (expresión) a un significante altamente manido (comunicación). Supera el tópico, por lo tanto, y amplia horizontes semánticos: fabrica una nueva lectura visual para obtener un producto original que ordene el cúmulo de lugares comunes con los que nos engordan los pseudo-artistas. El paisaje artificial (la naturaleza ordenada y dominada) plantea el diálogo entre el consciente y el inconsciente y, a su vez, desencadena una reflexión que remite de nuevo a la complejidad de los procesos de creación. Transformar algo implica un renacimiento, una nueva vida. La mutación es el único cambio que existe, según el I Ching, y en esta serie de el jardí d’humus, la metamorfosis no sólo no ha afectado a la belleza de la materia primera, el paisaje, sino que le ha otorgado un matiz salvaje y romántico que trastorna en tanto en cuanto plantea el tumulto, el desorden, el desconcierto con el que ha empezado el proyecto. Esclusa ha traducido a la naturaleza y ha obtenido de ella otra naturaleza, escrita con versos diferentes, con estilo propio, con lenguaje fotográfico, pero con una esencia común con la naturaleza madre o con la madre naturaleza.

Las fotografías de el jardí d’humus son de gran formato. Para el autor, la naturaleza tiene una fuerza superior y es un libro de sabiduría. El sistema de impresión Giclée, con utilización de tintas de pigmentos naturales garantizan una durabilidad de las imágenes de un centenar de años, aproximadamente. El papel 100% de algodón natural permite el encaje de dos conceptos: la forma y el contenido. Naturaleza, naturaleza y más naturaleza que, al fin y al cabo, retorna a su estado salvaje, al no seguir un orden concreto, sólo apareciendo (por un motivo más estético que ético), imagen por imagen, numerada con estructura romana. Los números romanos interesan a Esclusa por su complejidad, estética y visual, porque a partir de un cierto número, se enciende la combinatoria. El orden, en definitiva, es aleatorio en cuanto todas las imágenes de el jardí d’humus se complementen las unas con las otras para obtener una sola instantánea: probablemente la fotografía que sirvió como patrón y que el fotógrafo reserva, como una fórmula mágica, en su secreter.

Dos tipos de fotografías: las magmáticas, con capas superpuestas de conocimientos y de técnicas, y las explosivas, fruto del instinto y del instante creativo. El orden y el caos, las dos teorías de la creación del mundo. El jardí d’humus no es solamente una colección de fotografías de paisaje alteradas por el paso del tiempo o por la fuerza del agua. Es, a mi entender, la transubstanciación visual de lo inefable. Que así sea.
ANNA CARRERAS


 






 


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